D. ALFREDO GONZÁLEZ

Boda de Julio Tomillo Mercedes Prieto
Predicando en la Flor
Primeras Comuniones
Con D. Ángel Quintana y un seminarista
D. Alfredo, D. José de Villallana y D. José B.
Inauguración de la calle Severo Ochoa
Jóvenes de Pola en Covadonga
Con su hermano en Pola de Lena
Seminarista de Pola de Lena en Covadonga
D. Alfredo, D. J. María de la Riva y seminarista
Ejercicios en el Colegio Sagrada. Familia
Despedida de Pola de Lena

 

El día 1 de julio llegué a la estación de Pola de Lena. El andén estaba completamente vacío. Cuando el revisor me señalaba que habíamos llegado, un señor mayor se adelantaba hacia el vagón, intentaba cogerme la maleta que sujetaba en la mano, mientras me decía: “¿Es usted el nuevo Coadjutor? Yo soy el sacristán, el Párroco le espera en casa”. Yo solo pretendía el derecho sobre la maleta, no por domino de propiedad sino por considerar que el peso no debiera cargar a una persona mayor. Yo solo había cumplido 23 años. Era 1.958.
Por las calles que van desde la estación a la Casa Parroquial eran muchas las personas que preguntaban, incluso a la distancia de acera distinta: “Pedro, ¿Ye el Coadjutor nuevu?. Eran tiempos en que la sotana delataba la condición.
En la Casa Parroquial estaba tomando el chocolate, que era “menú” habitual a la merienda, el Párroco D. José Bernardo Fernández. Era un hombre muy bueno. Había visto la guerra en que destruían e incendiaban la Iglesia anterior, situada en una línea adelantada, próxima a la carretera y vivió el sacrificio de ir construyendo, en años de carencia económica, el actual Templo, inaugurado como obra completa en el año 1.957.
El párroco D. José era natural de los Pontones, en el Valle del Huerna. En tiempos en que no podía permanecer en la parroquia, vivía cerca, en su pueblo. Allí iban algunas personas en solicitud de su misión sacerdotal. Antes de ser párroco de Pola de Lena, fue párroco de Pajares. Chicos y muchachas se distraían viendo pasar el tren por la altura de la estación, o los coches, marcha atrás (velocidad de más potencia) ascender el último tramo del difícil puerto. Pero buscaban distracciones mejores y más continuadas: iban a buscar al párroco, para ir a la iglesia a rezar o a ensayar cantos.
D. José tenía una edad aproximada a la del Padre Dominico, que fue Obispo de Salamanca, Ilmo. Sr. Barbado Viejo. Ambos habían sido compañeros de escuela en los Pontones. D. José estaba más preparado intelectualmente, le dio clase para que pudiera ingresar en el Convento de Corias en Cangas del Narcea, donde los Dominicos tenían un Convento para formación de aspirantes.
La amistas entre ambos sobrevivió. Ningún verano faltó el Obispo a su semana de vacaciones en Los Pontones y ningún año dejó el Obispo de pasar por la casa parroquial de Pola de Lena. Ambos eran hombres sencillos. El primer año en que fue el Obispo por Pola de Lena, al saber que el Coadjutor había sido ordenado aquel año, comenzó a besarle, insistente, las manos.
D. José era muy bueno. Le definía una tía que vivió algún tiempo en Pola de Lena: “El mi sobrín ye un corderu”. Su bondad se mostraba para descubrir un motivo favorable en cualquier suceso o acontecimiento. Tenía justificación para todo y para todos.
Era una persona dedicada al estudio. La mañana entera y gran parte de la tarde las dedicaba al estudio, siempre se le sorprendía en su despacho. Yo iba cada mañana al correo a recoger la correspondencia. Era extraña la semana que no recibía el reembolso de alguna editorial. Algunas veces, después de haberlo leído, me lo daba, recomendándome que lo leyera. Así conocí una nueva pedagogía de Catecismo escrita en aquella época por Estepa.
Era respetuoso con todos. Lo mismo a mí que a sus coadjutores anteriores nos trababa siempre de usted. Inmediatamente anteriores fueron D. César Fonseca y Luis Piñera. Ambos se encargaban también de la parroquia de Felgueras. Muy anteriormente también había sido Coadjutor, un sacerdote natural de Piñera-Lena, D. Donato, que terminó sus días como Párroco de Ujo. D. José quería mucho a su Coadjutor Alfredo. Le dolía que alguien, aunque fuera con la mejor intención, pudiera romper la bina de aquel Párroco y aquel Coadjutor.
Persona de pocas palabra, aparentemente introvertido, muy pocas veces se le veía por la calle. El único camino que hacía era con su Coadjutor a Vega del Ciego o Villallana para participar en algún funeral o aniversario.
Pasear con él era una delicia. Hablaba de mil cosas y anécdotas. Los temas de teología, moral o catequesis fluían como enseñanzas que seducen. Comenzamos a salir ambos, de paseo, las tardes de domingo. Durante el verano el paseo se extendía todas las tardes después del Rosario.
El paseo con él seducía. Recuerdo que en una ocasión las tarde del domingo la pasé con la familia, y no dejé de pensar a cada momento en el paseo con D. José.
A medida que pasaba el tiempo aumentaba la confianza entre los dos. Lo expresaba el Párroco, cediendo cada vez mayor ámbito de responsabilidad a su Coadjutor, el cual trataba de ser fiel a esta confianza.

La edad de comenzar a comulgar eran los siete años, y la preparación era en el mes de mayo. El Coadjutor con los catequistas acordaron que no se comenzara a comulgar antes de haber cumplido los ocho años. La preparación no solo depende del tiempo, sino también del aprovechamiento de ese tiempo. Se dispuso que solamente comenzaran a comulgar los niños y niñas que manifestaran estar preparados, al conversar con ellos el sacerdote.
En aquella época ya existía el problema del consumismo: afán de lujo, sobre todo en los trajes de Primera Comunión. Para aliviarlo las catequistas idearon, para las niñas, un traje largo con tablas. El traje de los niños era el habitual de marinero. La Parroquia disponía de algunos trajes para prestar a los que quisieran adquirirlo.
La celebración de la Misa en que se comenzaba a comulgar tenía una referencia al Bautismo. Precedía la Procesión un muchacho que portaba el Cirio Pascual, al que acompañaban los ciriales. Seguían en dos filas todos los niños y niñas que comenzaban a comulgar. Al concluir la celebración sacaban una fotografía a la puerta del templo. Estimulaba a que los niños y niñas asistieran, por la tarde, a la procesión, porque ya se les entregaba la fotografía. El muchacho que portaba el Cirio fue Alberto F. García Argüelles, que fue Vicario General de esta Archidiócesis.
En aquella época, para comulgar, no se podía comer alimento desde las doce la noche del día anterior. Por eso nada más terminar la Misa, se servía un desayuno para todos los niños y niñas que acababan de hacer su Primera Comunión. En las tazas estaban grabados el pan y el pez, símbolos de la Eucaristía.
Después de comenzar a comulgar los niños continuaban su aprendizaje en el Catecismo. Para los niños era por la mañana, por la tarde para las niñas. Como la tarde no era propicia, se logró poner para todos el catecismo por la mañana.
Todos los niños comulgaban el Primer Viernes de mes. El día anterior, a las diez de la mañana, iban a la iglesia todos los niños de las Escuelas. Cuatro sacerdotes de la Parroquia y de las inmediatas, teníamos la misión de confesarlos. Después la iglesia volvía a llenarse, eran las niñas del Colegio que venían también a confesar. Por la tarde las personas mayores acudían a recibir el Sacramento de la Penitencia. Al concluir la década de los cincuenta la Organización de Hombres de Acción Católica proyectó una dinamización de los hombres. Pretendía un contacto íntimo con Jesucristo, presente en la Eucaristía. Tenía expresiones de despedida como “Hasta mañana en el altar”. La oración de Jesús comenzaba diciendo: “Señor Jesús”. Cada día del cursillo, a la noche, se organizaba una velada, llamada “Fiesta en el aire” en que cada uno hacía gala de sus habilidades para complacer a los demás. Al volver a casa eran muchos los que regresaban con una forma diferente de ver la vida. Comenzaban a frecuentar los Sacramentos. Acudían cada domingo a la celebración de la Eucaristía. Cada uno debía decir a otro un compromiso que hiciera pensar. Lo llamaban “Compromiso barreno”. Cada uno debía comprometer a algún amigo a participar en alguno de estos cursillos. Los que habían hecho este cursillo se continuaban reuniendo un día a la semana con el fin de profundizar en la Palabra de Dios, examinar su respuesta actual y decir a que personas se podría invitar, teniendo en cuenta las inquietudes de cada uno. Solían asistir unas diez personas. Alas mujeres no alcanzaba la actividad de este cursilla en ninguna de sus fases. A estos cursillos llamados de “formación apostólica” y dirigidos por D. Isidoro Rodríguez, Consiliario Diocesano de Acción Católica, asistieron unas treinta y cinco personas de Pola de Lena. Este grupo tuvo su valía en la profundización de la vida liturgica. Después de conocer los cantos litúrgicos de la Misa, se distribuían por el Templo, a fín de servir de apoyo a otras personas.

En el afán de lograr que los hombres tuvieran alguna participación, en las conmemoraciones de Semana Santa, se programó el Viernes Santo, un Vía Crucis en que la reflexión de la Muerte de Cristo coincidía a las tres de la tarde. A esta reflexión solo asistían hombres.
El mismo Viernes Santo, a primera hora, se celebraba la actualización de la Pasión. Se leyeron algunos pasajes de la Pasión de Jesús. Alternando con estos pasajes evangélicos se leían noticias del sufrimiento humano en nuestra sociedad. Después un grupo de muchachos escenificaban los azotes que padeció el Señor a la columna y la coronación de espinas.

El proyecto arquitectónico del templo parroquial fue realizado por los hermanos Somolinos, y la obra por Bernardo Cortina, contratista con mayor fuerza en aquella época. La obra se podría calificar románica moderna. La recomendación que el párroco hizo al arquitecto fue un empeño especial por las condiciones acústicas. El arquitecto contestó que de esa materia no había nada escrito, si embargo acertó proyectando naves de baja alatura y un revestimiento interior con madera de castaño barnizada.
Las escasas posibilidades económicas retrasaron mucho la obra. Se empleaba como templo la capilla del palacio de Regueral y algunos cultos en el cine Gobernación. Muchos actos religiosos tenían que celebrarse al aire libre. Ante tantas dificultades apenas el templo quedó cubierto se abrió al culto.
La solución vino cuando se concedí a Pola de Lena un grupo de viviendas protegidas. El proyecto de estas incluía la concesión de medios para su desarrollo. Al contar Pola de Lena con estos medios se solicitó que el presupuesto que había de concederse para constuir una nueva iglesia se empleara en terminar las obras del templo parroquial. Esta obra afirmaba haberla realizado Ramón Cortina Prieto, aparejador con influencia en los ambientes oficiales. La iglesia quedó concluida y abierta totalmente al culto en el año 1.957.

En 1.960, cuando ya había tomado posesión del cargo de Abad de Covadonga y Párroco del Real Sitio el lenense M. I. Sr. D. Manuel Fernández, se designó la Ayuntamiento de Pola de Lena realizar la ofrenda a la Virgen de Covadonga. Para conmemorarlo se instaló una Virgen de Covadonga, de piedra artificial, en lo mas alto de la parte central de la fachada. En aquellos años, a los lados del arco centra, que abre el presbiterio, se colocaron las imágenes de la Virgen de Covadonga y de San Melchor de Quirós para solemnizar el lugar como Puerta de Asturias. Las dos imágenes de la Virgen de Covadonga fueron donadas por Ramón Cortina. Tuvieron el mismo donante, en 1.960, las lámparas de hierro forjado que iluminan la Iglesia y las dos pequeñas, de metal, a cada uno de los lados del altar.
En 1.963, la fachada central de la iglesia, la adornaba la vidriera que reproducía a San Martín, a caballo, dándole la mitad de la capa a un pobre. Ramón Cortina las quiso completar costeando las vidrieras de San Bernardo y de la Virgen del Carmen en memoria de sus padres. Anteriormente, en 1.960 había donado las artísticas figuras de un Nacimiento, que miden algunas un metro, no bajando de los sesenta centímetros las más pequeñas.

En 1.963, el Coadjutor d. Rodrigo del Sastre Vega, inició una colecta para adquirir un órgano de tubos. Desde 1.965 solemniza los actos de culto.

La Iglesia de Pola de Lena posiblemente sea el Templo dotado de la mejor imaginería de toda al región. En Pola de Lena nación D. Félix Granda, artífice de la corono de la Virgen de Covadonga y fundador de los Talleres Granda de Madrid. En la iglesia de Pola de Lena está la Virgen sentada, tamaño natural, que presidía la Capilla privada del sacerdote artista. El altar que guarda las imágenes de la Pasión fue altar perteneciente a la Iglesia de los franciscanos de Oviedo.
Entre los altares del fondo, a la izquierda está la imagen de la Virgen del Carmen, de vestir y de tamaño natural. Para salvarla de la destrucción, se habían cortado las cabezas de la Virgen y del Niño, así como las manos de ambas imágenes, todo de marfil. Cuando se concluyó la obra de la iglesia se volvió a tallar la imagen de madera unificando todas las piezas de marfil. Costeó la obra Félix Cortina Prieto, conocido arquitecto de Pola de Lena. Su manto y vestido son de tela muy sencillo. Su aspecto glorioso lo manifiesta con motivo de las fiestas del Rosario, cuando luce un manto azul, enriquecido de oro, que hace brillar con esplendor las piezas de marfil.

El altar central lo preside una imagen del Obispo San Martín de Tours, patrono de la parroquia. Decían que se había perdido mucho la devoción a este santo francés. Los soldados franceses trataban con más consideración las iglesias que veneraban a este santo que a los que tenían otros patrones.
A un lado de la Imagen de San Martín está la imagen del Sagrado Corazón, ambas de los Talleres Granda. Al otro lado, está la imagen de San José, con rostro y manos de marfil, que fue traída de Manila por un Obispo natural de Pola de Lena.
Al entrar, al fondo, a la derecha está la Imagen de la Inmaculada, de tamaño natural. Es una preciosa obra de Vicent, uno de los más admirados artistas valencianos. Fue donada por una señora residente fuera de España, muy amante de Pola de Lena, a donde acudía cada año.
En la pared lateral de la izquierda está el altar del dolor. En la parte superior está la Dolorosa. Sentada en los propios pies, mira hacia arriba, mientras el rostro se retuerce con el dolor. Es obra de Vicent. La imagen que inunda el altar y llena toda la iglesia es el Cristo Yacente de Capuz. La paz de su rostro, la relajación de su cuerpo tendido, la sensación de paz son características que supo plasmar el artista, pero difícilmente se pueden describir. Dicen que esta obra la quiso adquirir una Cofradía andaluza. El director de los Talleres Granda no quiso ceder, tenía reservada esta imagen para la Iglesia de su pueblo.

El Cristo Yacente de Capuz, cobra mayor admiración el Viernes Santo, por la tarde, después de los Oficios de Semana Santa. Se colocaba en el centro, delante del presbiterio. Se colocaba sobre unas andas, guarnecidas con laurel, alrededor prendían seis velas. Hasta el momento en que comenzaba la procesión todos los fieles iban pasando para arrodillarse ante la Imagen del Cristo. En las ventanas de la mayor parte de las casas ardían velas. Una gran cruz trazada, también con velas, iluminaba uno de los campos empinados del El Valle. Al salir el Cristo a la puerta, el silencio se cortaba en suspiros, cuando un coro que se constituía solamente para esta ocasión, prorrumpía en el canto del “Miserere” que iban alternado durante todo el paso de la procesión. El contrapunto eran los andaluces que residían, en gran número en Pola de Lena, durante aquellos años. Amantes de su cultura, interrumpían la procesión para cantar saetas.

CATECISMO

Para preparar a los niños a recibir los sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía, editamos unos folletos con dibujos infantiles que debían reproducir los niños. Su estructura era semejante al librito que con el mismo fin utilizaban los Marianistas en todos sus colegios. Presentaba a los personajes del Antiguo Testamento que, de alguna manera, anunciaban a Jesús. Presentaba con amplitud la venida de Jesús. Se detenía en los sacramentos del Bautismo, la Penitencia y la Eucaristía. Al final presentaba todos los sacramentos como camino dentro de la iglesia.

Al terminar el curso de catecismo era costumbre organizar una excursión para niños y catequistas. No faltaba un tiempo para caminar. Cuando fuimos a Bendueños, llegamos en autocar a Campomanes. Aquí emprendimos el camino al viejo Santuario mariano. Desde aquí se veían, en la montaña de enfrente, los tres tramos de la vía, mediante los cuales el tren iba ganando altura para escalar el puerto.

Otro año la excursión fue a Pola de Gordón. Un tren especial aguardaba en al estación de Pola de Lena. El “comboy” no paraba en ninguna estación. Era solo para los niños y niñas de Pola de Lena. Al llegar a la estación de término, emprendimos la ruta caminando por la carretera nacional, para llegar al Santuario de la Consolación. En el pórtico de la iglesia saboreamos la comida. Había espacios abiertos donde los niños no cesaron en sus juegfos hasta el momento de volver a coger el tren.

En el tiempo de Cuaresma el Coadjutor iba a cada uno de los pueblos alejados de la parroquia, con el fin de confesar a estos vecinos y celebrar allí la Misa. Si no había capilla se disponía el bar o la estancia grande de alguna casa.

Para enriquecer el caudal de agua de la ciudad de Oviedo se construyó un canal, desde el Aramo, que atravesaba a partir del pueblo lenense de Armada, el monte. Volvía a ver la luz en un pueblo, también en el término parroquial de Pola de Lena, con acceso de camino, entonces muy difícil. Para obviar esta dificultad fui con el ayudante, que portaba los ornamentos de la Misa, por el interior de aquellos varios kilómetros de. Hasta allí nos había conducido en su 600, un veterinario servicial que frecuentaba los grupos de formación de la parroquia.
Cuando ya habíamos caminado bastante tiempo oímos los ladridos de un perro, que se acercaba cada vez más. Fueron momentos de estremecimiento que cesaron al llegar el animal junto a nosotros. Se detuvo un momento para olernos y siguió su camino. Podía ser especialista solo en maleantes. No volvimos a recorrer el camino del túnel.
La fecha de las confesiones cuaresmales era la fiesta de San José, fiesta en todos los calendarios. Solía ser uso que en la tarde no hubiera otros penitentes que mujeres, al avanzar el día aumentaban los hombres que acudían a confesar. Pudiera deberse al temor a que se les escapara alguna blasfemia después de haber confesado, por eso optaban como momento de confesar la hora en que ya volvían a casa, donde era menos propicia la tentación de blasfemar.

En los años 60, en Pola de Lena había algunas necesidades. Había muchas personas que habían venido de otras provincias en busca del trabajo que muchas veces no encontraban. Tenían poca capacitación y muchos hijos. Algunas personas pretendían viajar a Europa, pero para las personas mayores resultaba inabarcable la necesidad de conocer otro idioma.
Para responder a la coyuntura se ideó fundar Cáritas en la parroquia de Pola de Lena. Se visitó a todas las familias para conocer la aportación se comprometía ofrecer cada familia. Se fundó un boletín titulado “MANOS VACIAS” indicando la vaciedad que nos caracterizaba cuando no compartimos. En otra parte se señalaban situaciones de necesidad, en otra se describían situaciones socorridas. Para que no fuera humillante en vez de nombre y apellido se ponían iniciales.
La Cabalgata de Reyes fue otra de las actividades importantes para los niños. Se hizo por primera vez en las Navidades de 1.960. Catequistas y mujeres prepararon trajes de romanos, egipcios y hebreos, así como las túnicas de los Reyes Magos. Los mantos de los Reyes correspondían a imágenes, habitualmente fuera de uso. Los caballos que montaban los Reyes y los mulos que portaban regalos, eran aportación de José Viesca. Estos regalos eran aportación del Ayuntamiento para niños pobres, pero los que conducían los mulos iban repartiendo los juguetes a los que miraban lña cabalgata. Cuando quisimos repartir los juguetes no había ninguno. Los niños llamaban a este “acontecimiento” la alpalgata de D. Alfredo. Toda la actividad se disponía en la parroquia.
La situación económica de las Cuencas Mineras era difícil. Los sueldos de los mineros eran bajos. Las fiestas recuperables eran fiestas en que no trabajaban, pero esas horas debían amortizarlas aumentando una hora la jornada de cada día. Los mineros preferían trabajar el día de fiesta recuperable. Se pusieron en huelga las dos Cuencas Mineras de Asturias, Langreo y el Caudal. El día de Jueves Santo a las once de la mañana una marcha incesante de Jeeps con uniformados y de camiones con munición “inundaba”, en pasar incesante, la carretera de Madrid a Asturias, que pasaba por Pola de Lena. Indignaba porque la actitud en Asturias era pacífica. Algunos no podíamos reprimir la indignación. Cuando cesó el paso surgían algunos grupos donde no faltaba un periodista haciendo preguntas. A mi me hizo preguntas un enviado del “Corriere de la Sera”. Para que se viera la actitud de la Iglesia, durante este tiempo, en las Misas se hablaba de las Encíclicas sociales de Juan XXIII. En la parroquia se abrió un comedor para los hijos de mineros que tuvieran necesidad. El 15 de agosto del mismo año la prensa publicaba el nombramiento del Coadjutor de Pola de Lena, Alfredo González, para Tormaleo de Ibias.
El 11 de septiembre de 1.962, Alfredo González viajó a Tormaleo, en el extremo Concejo de Ibias, su nuevo destino. Le acompaño el Párroco de Pola de Lena, Licenciado D. José Bernardo y el matrimonio familiar que le atendía. El destino era lejano. Apenas había llegado los acompañantes debían regresar. El Párroco D. José sollozaba con un llanto no disimulado.

En los primeros días del mes de octubre, se hizo cargo de la Coadjutoría de Pola de Lena, un sacerdote natural de Nava, que ejercía como Coadjutor de Caborana, D. Rodrigo del Sastre Vega.

En 1.966 el Arzobispo de Oviedo, concedió la situación de jubilado al emérito Párroco de Pola de Lena, D. José Bernardo. Fue nombrado Párroco de Pola de Lena, D. Leoncio Diez Diez. Fue asignado su Coadjutor un sacerdote recién ordenado, Victor José Fernández Gainza. Expresó un interés especial por la formación de la juventud, sobre todo, en el apostolado de los juniors.

El mes de julio del año 1.967, coronando un periodo largo de enfermedad el piadoso Párroco de Pola de Lena. D. José Bernardo, falleció en la Casa Parroquial de Pola de Lena

Texto y fotos D. Alfredo González